Sigue el Catálogo de Horrores…Saludos a todos,Tolle, lege!Mister QLas mellizas GarcerónLas mellizas Irma y Julia Garcerón acostumbraban a compartir a sus novios. Cuando una de ellas se relacionaba con un caballero no tardaba en enviar a la otra como reemplazo. Bien se ve que aquí no exixtía metamorfosis, sino impostura. Cierta vez, Irma se puso de novia con Andrés, uno de los trillizos Mantegari. Estos hermanos también tenían la costumbre de poseer sus amores en común. Por cierto, este era un noviazgo que admitía seis formas diferentes:
1) Irma y Andrés.
2) Irma y Carlos.
3) Irma y Luis.
4) Julia y Andrés.
5) Julia y Carlos.
6) Julia y Luis.
No todas las fases se daban del mismo modo. Julia y Carlos se amaban tiernamente. Irma y Luis se detestaban. Carlos e Irma no se habían visto nunca.Ni las Garcerón sospechaban de los Mantegari, ni los Mantegari dudaban de las Garcerón. Una noche Julia se casó con Luis creyendo hacerlo con Carlos. Carlos,loco de celos, estranguló a Irma, pensando que su víctima era Julia. Andrés fue condenado a prisión y Julia lo visitaba creyendo que era Carlos. Manuel Mandeb intentó escribir la historia de estos amores, pero apenas dejó media carilla, llena de tachaduras y rectificaciones.
Historia del que no podía olvidarEl ruso Salzman tuvo muchas novias. Y a decir verdad solía dejarlas al poco tiempo. Sin embargo, jamás se olvidaba de ellas. Todas las noches sus antiguos amores se le presentaban por turno en forma de pesadilla. Y Salzman lloraba por la ausencia de ellas. La primera novia, la verdulera de Burzaco, la pelirroja de Villa Luro, la inglesa de La Lucila, la arquitecta de Palermo, la modista de Ciudadela. Y también las novias que nunca tuvo: la que no quiso, la que vio una sola vez en el puerto, la que le vendió un par de zapatos, la que desapareció en un zaguán antes de cruzarse con él. Después Salzman lloraba por las novias futuras que aún no habían llegado. Los hombres sabios no se burlaban del ruso pues comprendían que estaba poseído del más sagrado berretín cósmico: el hombre quería vivir todas las vidas y estaba condenado a transitar solamente por una. Aprendan a soñar los que se contentan con sacar la lotería...
Leyenda del volador de floresCasi todos los hombres sensibles de Flores conocían a Luciano, el volador. Sabía atender un puesto de diarios en la esquina de Boyacá y la avenida. Sus apologistas pretenden que levantaba quiniela, hecho que no le consta para nada al compilador de estas historias. Por lo demás, a través de todos los mitos de Flores, parece constante el afán de enaltecer el recuerdo de los héroes, atribuyéndoles actividades relacionadas con el juego. Si es verdad lo que se cuenta, Luciano volaba. Sus escasas fotografías nos lomuestran liviano y magro, aunque carente de alas. Una de ellas, que suele utilizarse como prueba de su don, lo registra en el costado dercho de un grupo numeroso y sus pies aparecen en el aire, a una cuarta escasa del suelo. Los escépticos atribuyen ese efecto a un truco fotográfico o bien a un pequeño salto oportuno. Sin embargo, la tradición oral de Flores insiste en recordar los vuelos de Luciano. Los mas viejos aseguran que, cuando niño, descolgaba los barriletes que se enredaban en los árboles y recobraba las pelotas que caían en los techos del vecindario. Ya mayor, prefirió siempre los vuelos nocturnos. Parece que el cielo sostiene mejor de noche y no se corre el riesgo de llamar la atención de los papanatas. Excepción de los días de lluvia o granizo, Luciano prescindía de los colectivos y taxímetros. Un viajecito al centro le insumía apenas diez minutos. Solía aterrizar en las terrazas solitarias y bajar por los ascensores, para evitar el escándalo. Siendo volador, Luciano era discreto. Conocí -eso cuentan- el secreto de todos los campanarios de Flores, se cruzó mil veces con las brujas desnudas que sobrevuelan Belgrano y se saludó con los ángeles ociosos que se dejan llevar por los vientos. Sus enemigos lo acusaban de robar higos y triciclos, para no hablar de las lamparitas del alumbrado público. Los aviones le producían terror, desde undía en que paseando por El Palomar, un pardo Avro Lincoln casi le arranca la cabeza. Manuel Mandeb ha sido el principal proveedor de anécdotas de Luciano. El pensador árabe cuenta -por ejemplo- las desagradables consecuencias que padeció a causa de su ignorancia del uso de la brújula y la posición delos astros. Así nos refiere que una noche que volaba hacia el estadio de Vélez Sarsfield con la ladina intención de colarse, equivocó el camino y descubrió las fuentes mismas del río Matanza. Encontró allí -sostiene Mandeb- grandes poblaciones lacustres, semejantes a las que cundieron en Suiza hace milenios. Tomándolo por un dios, los inocentes pobladores lo agasajaron, le dieron de comer hidromiel, le cedieron a una joven mas o menos doncella y le obsequiaron una yunta de gallinas y un florero, único de estos objetosque aún conserva. Estos cuentos son muy sospechosos. Sospechosa es también la historia que ubica a Luciano siguiendo una bandada de golondrinas hasta los trópicos o aquella que hace referencia a la lucha del volador con un cóndor bataraz. Cuando comenzaron las calamidades en el barrio de Flores, Luciano decidió partir. Las palomas azules con sus plumas de acero coparon el cielo de la barriada y el volador sintió miedo. Manuel Mandeb insiste en que antes de irse para siempre, Luciano le contó el secreto de su increíble destreza. Dice Mandeb que un mago extranjero le concedió el don del vuelo, pero le hizo la siguiente prevención: "Volará, Luciano, pero cuida que quienes lo sepan no escriba nunca tu historia. Cuando alguien la lea, tu poder cesará definitivamente". Esto explica que las hazañas de Luciano sólo sehayan transmitido en forma oral. Ninguno de los literatos de Flores lo menciona jamás. Gracias a ello Luciano seguirá volando hasta el día de hoy, lector impío, en que tus ojos curiosos acaban de desbarrancarlo para siempre.
El niño que fue a menosLa señorita Claudia le pregunta a Ferro:
-¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
-Tissot.
-No sé, señorita.
-Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
-Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales. Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se piensa.
-Núñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa demanyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.
-Frezza.Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
-No lo sé.
Si es que nadie lo sabe, estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
-¡Juan de Salazar!Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.
Una peleaMe empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida investigación, quedé frente a frente con Carlos.
-¿Qué empujás?Se formó una rueda. Alguien gritó:
-Fajálo...Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo. Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí. Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
-Dale... ¿O le tenés miedo?Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.
El hombre que pedía demasiadoSatanás: Qué pides a cambio de tu alma?
Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores, distinciones... Y también juventud, poder, fuerza, salud... Exijo sabiduría, genio, prudencia... Y también renombre, fama, gloria y buena suerte... Y amores, placeres,sensaciones... Me darás todo eso?
Satanás: No te daré nada.
Hombre: Entonces no tendrás mi alma.Satanás: Tu alma ya es mía. (Desaparece)
Los magos y la riquezaLa costumbre de pagar los servicios de los brujos provocó el enriquecimiento y despertó la codicia de muchos de ellos. Otra consecuencia lamentable fue la aparición de infinidad de falsos adivinos que, careciendo de todo poder, vivían del engaño. Había quienes adivinaban la suerte con cartas marcadas. Otros investigaban a sus clientes antes de recibirlos, para sorprenderlos con revelaciones espectaculares. "Usted tiene un cuñado que trabaja en el correo."
Así la respetable profesión de brujo fue usurpada por una caterva de estafadores que interpretaban los sueños y aconsejaban apuestas para la quiniela. Como todos sabemos, Los Refutadores de Leyendas aprovecharon esa circunstancia y hoy ya no es posible decir a nadie que uno es brujo, sin que se sospeche que detrás de esa afirmación existe un engaño o la intención de vender una rifa.
Nostalgias perpetuasUn hombre oscilaba entre dos identidades. A veces era fiscal, vestía trajes elegantes y tejía razonamientos olímpicos. En otras ocasiones era cazador, portaba armas implacables y perseguía a las fieras. Cuando era fiscal decía:
- Ah, si estuviera cazando...
Cuando era cazador decía:
- Ah, si estuviera fiscalizando...
A menudo se equivocaba y añoraba la caza mientras cazaba y los pleitos mientras pleitaba.
El hotel de los muertosEstaba situado en la calle San Blas, quizá fuera de los límites legales del barrio. Su aspecto era siniestro. Los Hombres Sensibles llegaron a comprobar que todos los pasajeros estaban muertos. En verdad nadie sospechaba tal cosa hasta que Ives Castagnino vio desde la puerta al tano Rosetti, que llevaba varios meses difunto. Inútiles fueron las consultas con los empleados, que mantenían una implacable reserva. De todos modos Manuel Mandeb, Jorge Allen y el propio Castagnino investigaron el caso y alcanzaron a sorprender a otros finados entrando al establecimiento. Mandeb creyó entender que el hotel era una especie de lugar de espera antes del definitivo ingreso al más allá. Jorge Allen decía que aquello debía ser el purgatorio o, si lo apuraban un poco, el infierno. Los geógrafos soñadores trataron de alojarse en el lugar, pero siempre se les decía que todas las habitaciones estaban ocupadas. Una noche - tal vez dándolo por muerto - admitieron como huésped al ruso Salzman. El hombre nunca quiso contar su experiencia. Se sabe, eso sí, que a las doce y cuarto de la noche lo vieron pasar corriendo por la avenida Juan B. Justo. El hotel existe actualmente, pero el autor de estas crónicas no se atrevió a visitarlo para hacer nuevos aportes.
El beso invisibleEn las tinieblas de la calle Bacacay acecha un beso malvado. Esto es lo que sucede: el joven paseante siente de pronto que lo besan en la boca. Sin embargo, no ve a nadie. Este beso es el último que recibirá en su vida.Las viejas dicen que una Dama Invisible prodiga los besos de clausura. Las personas instruidas prefieren imaginar un beso suelto. Los muchachos timoratos se tapan la boca con pañuelos y bufandas. Unos vivillos del barrio pretenden haber descubierto un contrahechizo que consiste en besar inmediatamente a una mujer de carne y hueso. Los mozos arremetedores recorren a la calle Bacacay, fingen ser besados y se abalanzan sobre las niñas más cercanas en busca de un beso redentor. Por cierto, ninguna se niega.
Diálogo entre Asmodeo y el Ruso Salzman
Asmodeo: Soy Asmodeo, inspirador de tahúres y dueño de todas las fichas del mundo. Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la historia de las barajas. También conozco las que serepartirán en el futuro. Los dados y las ruletas me obedecen. Mi cara esta en todos los naipes. Y poseo la cifra secreta y fatal que han de sumar tus generalas cuando llega el fin de tu vida.
Salzman: ¿No desea jugar al chinchón?
Asmodeo: No, Salzman. Vengo a ofrecerte el triunfo perpetuo. Con sólo adorarme, ganarás siempre en cualquier juego.
Salzman: No sé si quiero ganar.Asmodeo: Imbécil...! ¿Acaso quieres perder?
Salzman: No. Tampoco quiero perder.
Asmodeo: ¿Qué es lo que quieres entonces?
Salzman: Jugar. Quiero jugar, maestro... Hagamos un chinchón.
Alejandro Dolina, Alejandro el Grande
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